APOYO A LOS ENFERMOS
Enviado por: Idoia Rodríguez y Rosa Osorio
Localidad: Bilbao
Categoría: Integración
Soy Rosa Osorio, la más veterana de los voluntarios del lugar. Antes, al principio, la realidad era más dura. Convivíamos con la muerte, llorabas y sólo te consolaba que acabaran sus días dignamente. Hablamos de épocas en las que los acompañábamos al hospital y nos llamábamos los unos a los otros cuando llegaba el final. Todos, religiosas, especialistas y voluntarios, hemos aprendido paralelamente sobre este mal, hoy convertido en una dolencia cronificada.
Yo me llamo Idoia Rodríguez y soy del barrio bilbaíno de San Ignacio. Acudí al centro porque en mi barrio muchas cuadrillas fueron diezmadas por la pandemia y un familiar me habló de esta iniciativa. Rosa y yo somos compañeras y empujamos las sillas de ruedas de los usuarios, a los que acompañamos todos los jueves. Entré porque pensaba que precisaban ayuda pero ahora soy yo la que los necesito. La verdad es que no sé quién aporta más.
A lo largo de estos años, las dos hemos conocido duras experiencias de supervivencia en la calle y conflictos familiares, pero no queremos que penséis que el perfil del usuario se corresponde con el del veterano ex toxicómano. Lo que ocurre es que nuestro edificio carece de barreras arquitectónicas y está adaptado para personas que precisan de muchos cuidados, quizás con afectaciones cerebrales, problemas de lenguaje y visión, que no pueden ser atendidos en su hogar.
Muchas cosas han cambiado para nuestros amigos, no sólo su esperanza y calidad de vida. Antes, los colaboradores éramos mayores de veinticinco años, pero ahora también acuden jóvenes estudiantes de institutos de secundaria y llevan a cabo la misma labor acompañados de responsables académicos y del centro. Se trata de colegios que quieren que sus alumnos conozcan la realidad y se comprometan.
Ahora bien, aunque la medicina ha conseguido grandes logros en su lucha contra el sida, los tópicos se mantienen contra viento, marea y campañas. El recelo persiste. El miedo decrece poco a poco, aunque la falta de información también genera equívocos. No se puede diagnosticar por el aspecto porque hay mucha gente en la calle sin ningún síntoma que lo tiene y no lo sabe. Al centro llegan jóvenes voluntarios, pero también mayores, incluso una mujer que acaba de dar a luz, para compartir unas horas de ocio y entretener a sus residentes. No nos creemos mejores por llevar a cabo esta tarea durante unas horas, pero pensamos que tenemos que vivir para los demás y esto es lo que hay.



¿Has vivido alguna experiencia que te haya cambiado la vida o la forma de pensar y te gustaría compartirla?
Si quieres abrir un blog y sumarte a nuestra comunidad...



