VACACIONES SOLIDARIAS
Me llamo Concha Azkunaga y siempre había pensado en acoger un niño, pero no quería comprometerme porque un niño requiere una serie de obligaciones y antes el trabajo me lo impedía. Ahora que estoy libre, Ramón Ruiz, mi marido y yo, contactamos con la asociación proSahara Aftal de Getxo y nos ofrecimos como padres de acogida durante el pasado verano.
Recuerdo que, cuando, por primera vez, M’barek se sentó a la mesa en su nueva casa, la tensión se desató en un mar de llanto. Tuvimos que llamar a la traductora para que se calmara. Recién llegado del desierto argelino, el pequeño parecía abrumado por la nueva situación. Recuperada la tranquilidad, pudimos disfrutar de las hogueras de San Juan en la playa getxotarra de Arrigunaga. La verdad es que fue duro para él. Tras un largo viaje, se encontró en un lugar e idioma desconocidos, lejos de su familia y con sólo siete años.
Le fascinaba todo, sobre todo, los árboles, los automóviles y las motos. Le asombraba que fluyera agua de un grifo o que contáramos con un lavabo dentro de la casa. Al principio recurríamos a los gestos y la mímica. La primera palabra en castellano que aprendió fue bicicleta y, en tan sólo un par de semanas, no había problema alguno. En Getxo también estaba un hermano mayor que ya había pasado aquí tres veranos y se expresaba con completa soltura.
Nos juntábamos con los demás padres del pueblo una vez a la semana en un parque y también hicimos en San Sebastián una reunión de todos los alojados en el País Vasco, fuimos a Santillana, celebramos el día del Sáhara y los niños se fueron de campamento durante una semana a la ikastola Ander Deuna de Sopelana.
Los chavales vienen con buena salud, aunque se les hace una revisión general. Son más pequeños para su edad que los de aquí. Su piel es muy áspera, casi callosa, yo creo que por la deshidratación, y los dientes los tienen oscuros por el agua que beben. Comía estupendamente y siempre decía qué rico, aunque, pasado un tiempo, ya mostraba sus preferencias.
Le encantaba la piscina
A M’barek le encantaba la piscina. Creo que podía estar de veinticuatro horas diarias, veintiocho dentro del agua. Cada semana llamaba a su familia y era capaz de reconocer su casa en el Google Earth. Cuando se fue se llevó un álbum de fotografías. Allí no tienen tele y supongo que están cinco meses contando sus aventuras y otros cinco preparando la nueva venida.
Es duro cuando se va, aunque nosotros somos mayores, no tenemos obligaciones familiares y un niño supone una dependencia de horarios y una responsabilidad. Yo me quedé tranquila porque el volvía con su familia. Los padres suelen enviar también algún dinero, material escolar y artículos de limpieza. Por cierto, nos han dicho que una olla a presión en los campos siempre es un buen objeto de cambio.
Yo animaría a colaborar a la gente que crea que todos nos merecemos las mismas oportunidades. Ellos lo pagan con cariño y, sobre todo, puedes librarlo de de padecer los cincuenta grados que hay en el desierto durante los meses de verano.



¿Has vivido alguna experiencia que te haya cambiado la vida o la forma de pensar y te gustaría compartirla?
Si quieres abrir un blog y sumarte a nuestra comunidad...



