Es una residencia agradable. Tiene un bonito jardín y en verano todos meriendan bajo los árboles siempre que el tiempo acompaña, pero a pesar de la música de fondo que las cuidadoras eligen, del sol que se cuela entre las ramas y adormece sus miradas o de la brisa que a veces les saca de su letargo, el jardín y la residencia son para mí los sitios más tristes y depresivos que conozco. Y es que entrar allí también es morir un poco.
A menudo me cruzo en silencio con otros familiares, personas que como yo superan cada semana la barrera sicológica de enfrentarse al deterioro mental y físico del ser humano, al deterioro mental y físico de sus seres más queridos.
Me cuesta mucho, muchísimo, cada vez más… pero voy. Y como yo, muchas personas que también cruzan el umbral de la puerta de la residencia con la mejor de sus sonrisas.
A todas ellas me gustaría dedicarle esta experiencia personal



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