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NIÑOS CRIADOS EN LA CARCEL VISITAN LA PLAYA

Son niños, pero se han criado en la cárcel. Una vez por semana les sacan a ver el mundo exterior y ayer algunos de ellos vieron por primera vez el mar
16 de Enero de 2009
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La playa no tiene barrotes
Diversión en la playa de Laredo Diversión en la playa de Laredo Diversión en la playa de Laredo Diversión en la playa de Laredo
Salma y Ashley acaban de disfrutar en Laredo de su primera excursión playera, pero ninguna de las dos ha cumplido aún los tres años y no son conscientes de este descubrimiento. Además la segunda tampoco se muestra especialmente contenta por pisar la arena mojada. Echa de menos a su madre, que no ha conseguido el permiso para acompañarla, llora y busca los brazos que la consuelen. Curiosamente, cada vez que salen a la calle, estas niñas descubren muchas cosas de las que carecen en su vida cotidiana. Un día, el parque, otro los escaparates o la piscina, pájaros y perros, todo aquello que no encuentran en la cárcel de Dueñas, en Palencia, donde viven junto a sus madres, reclusas de la institución.

Cada jueves, los voluntarios de la ONG Horizontes Abiertos se acercan a la prisión para proporcionar un paseo a los dieciocho menores que residen en el penal. Algunos también los acogen en sus casas durante un fin de semana o a lo largo de varios días, y varias veces al año, como en esta ocasión, organizan estancias en las que madres e hijos conviven lejos de la prisión y disfrutan en un ambiente familiar sin rígidos horarios. Son diez compañeros y, en procesión, empujan los carritos que llevan a los niños hasta las proximidades del agua.

Las beneficiarias, muchachas muy jóvenes, pasean distraídas. Sólo una de las siete que han podido participar es española. La mayoría proviene de varios países latinoamericanos como la venezolana Alejandra. Hoy hace justos dos años que la apresaron. Acababa de llegar de Caracas con una provisión de droga. «Yo viajé por avaricia y mira lo que me pasó», confiesa y explica que la promesa de un dinero fácil y rápido la animó a embarcarse en una aventura que acabó mal. «Me apresaron al llegar y entonces descubrí que estaba embarazada».

En cuestión de horas estaba rodeada de mujeres que compartían una celda y la misma suerte. «Fue traumático y aún sigo necesitando ayuda psicológica», señala. Su estrategia allí dentro resulta sencilla y efectiva. «Sobrevivir, ese es el objetivo». «No parar a quien te busca, no meterte en líos y pasar de los malos rollos, como dicen ustedes, porque siempre hay alguien que busca problemas y puedes acabar mucho peor de como entraste», advierte.

Su caso no es excepcional. Según los responsables del programa, el 90% de las sesenta prisioneras de Palencia cometió un delito, tan sólo uno, pero duramente penado por su condición de atentado a la salud pública. Fueron 'mulas', personas que se avienen al transporte de drogas tal vez en sus intestinos y que acaban detenidas en el propio aeropuerto. En Dueñas, prisión en la que conviven unos 1.800 reos de unas setenta nacionalidades, cerca de sesenta mujeres se enfrentan a largas penas; la mayoría son madres y las cumplen con sus hijos.

Eva es la única rumana de este grupo. «He vivido con otras compatriotas, pero con penas pequeñas y vienen y se van enseguida». Tiene dos pequeños, pero está sola en España. El primero se quedó en su país de origen y la niña nació ya en prisión. Cuando cumplió tres años, la edad a la que según la legislación penitenciaria los niños han de abandonar el recinto, Eva optó por enviarla junto a sus abuelos.

¿Cómo se puede llevar la soledad y el alejamiento de unos hijos?

Es la peor pregunta que se puede hacer a una persona que, tras siete años de confinamiento, cuenta los días para salir definitivamente, a lo largo de la próxima primavera. Comienza a llorar y sólo musita que se quiere ir, cuanto antes. «Sólo pienso en volver a mi país y olvidar todo esto».

Inmaculada Meneses y Fernando Redondo son las 'alma mater' de Horizontes Abiertos en Palencia y Valladolidad. Esta entidad surgió hace un cuarto de siglo en la periferia de Madrid por iniciativa del padre Jaime Garralda y se ha extendido por la península. «Los individuos que viven en la cárcel son los más pobres», aseguran. «Pobres porque están desarraigos, económicamente, porque padecen problemas psiquiátricos y la falta de libertad y queremos que se sientan personas, a pesar de encontrarse inmersos en un proceso degradante».

En alguna prisiones hay módulos familiares, pero son excepcionales, y también hay experiencias de autogestión, provenientes de Suecia o Noruega, que han sido bien recibidas, pero, por ahora, predomina el hacinamiento y la falta de recursos para la reinserción. Los miembros de la asociación también celebran los cumpleaños, una ocasión que permite reunir, en algunos casos, a padres e hijos, t odos ellos internos en la misma cárcel.
Se sienten orgullosos porque desde hace más de un lustro ningún jueves los niños han esperado en vano que les vinieran a buscar. «Aunque a veces, hemos tenido que ocuparnos de dos por cabeza, uno en el carrito y otro a hombros». Reconocen que, a veces, la vuelta es difícil, que los chavales no quieren volver y percibir cómo las puertas se cierran definitivamente tras ellos. «Lloran y se resisten, o se esconden, es muy triste».

Según cuentan, los niños que crecen entre rejas suelen presentar déficit de atención porque se se sienten desbordados ante una realidad exterior que los abruma. Los niños extranjeros sin apoyos parentales que no se favorecen de la generosidad de una familia son enviados a casas de acogida. «Es una situación terrible porque son ambiente agresivos, producto de las carencias afectivas, y se experimenta una situación prácticamente predelicuencial».

Mientras tanto, aquellos que aún permanecen con su madre también experimentan algunas consecuencias de la reclusión. Según han advertidos los voluntarios, su movilidad suele resultar más escasa que la habitual para su etapa de crecimiento y también manifiestan cierto retraso en el habla. «Total, ¿qué van a contar?», sentencia Eva y nadie la replica.
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