Violencia de género

La lucha contra la violencia de género constituye una de las principales reivindicaciones en el Día Internacional de la Mujer. ‘Vida solidaria’ ha recabado la opinión de expertas a uno y otro lado del Atlántico para contrasta su visión del problema.
06 de Marzo de 2009
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GERARDO ELORRIAGA/. Casi con periodicidad diaria, las noticias locales hablan delitos pasionales, de esposas asesinadas por maridos y compañeros, mientras que, desde países como los centroamericanos, nos llegan informaciones de crímenes sexuales aún más brutales, a menudo sin aparente explicación, que demuestran que, tanto en el Norte como en el Sur, la violencia de género es una cuestión pendiente de solución.
Este domingo, cuando se celebra el Día Internacional de la Mujer, el mundo recuerda que la igualdad y el respeto son asignaturas pendientes en todo el mundo, con independencia del grado de desarrollo adquirido.
‘Vida solidaria’ ha recabado la opinión de expertas a uno y otro lado del Atlántico para contrasta su visión del problema.

A lo largo de los últimos veinte años, la asociación Bagabiltza ha trabajado en Bilbao a favor de la integración social de las mujeres. Sus actividades han estado dirigidas a la integración de las más desfavorecidas y, en este ámbito, han acogido a aquellas que han sufrido la violencia doméstica.
“Las ayudamos, informamos y desviamos al Área de Mujer del ayuntamiento”,  señala Satur Abón, su directora. El balance que realiza no anima a la esperanza. “Este problema se incrementa y empeora. En 2003  se registraron 25.000 denuncias en España y tan sólo dos años después ya alcanzaban las 50.000”. Cuando hay que hablar de causas de esta preocupante situación, se remite a la educación.
“Los niños y las niñas estudian juntos, quizás en democracia, pero no en igualdad, no se inculcan valores, porque tan sólo con esta hipótesis se pueden explicar los golpes que propinan los jóvenes a sus compañeras”.

A juicio de Julia Romero, directora de Galarazi Elkartea, la coeducación no ha fomentado el mutuo respeto. “No es que se visibilice más, es que también ha aumentado, sin duda”. Esta agrupación trabaja con mujeres víctimas de maltrato doméstico e imparte talleres de sensibilización con adolescentes de ambos sexos. “Conocen el problema y cómo abordarlo, pero parece que no se creen el discurso”, lamenta y señala fenómenos como el ‘mobbing’ para demostrar el auge de la violencia incluso en los ámbitos más precoces.

Tampoco resulta fácil determinar las características de la agresión. “Abunda más la psicológica, difícil de detectar, difusa, sutil. El golpe es maltrato, pero ¿no lo es quien llama veinte veces  a la esposa para controlar sus movimientos?” Las usuarias que acuden a sus grupos de apoyo se corresponden con dos perfiles muy diferentes. Unas son muy jóvenes y huyen de episodios recientes de abuso, mientras que otras superan los cincuenta años y arrastran una larga experiencia. “Las mayores recaen menos, son más realistas, pero cuentan con menos recursos económicos para salir adelante”.

Las inmigrantes son numerosas, aunque no constituyen la mayoría de las afectadas y, frecuentemente, sus casos precisan un abordaje diferente. “Aunque el objetivo final sea el mismo, debemos asumir las diferencias culturales de latinoamericanas, africanas o asiáticas”, apunta y menciona el empoderamiento de las recién llegadas como un factor que puede desembocar en situaciones dramáticas.
“Acceden a un trabajo, a medios, a nuevas costumbres y, en muchas ocasiones, sus maridos sufren porque creen haber perdido unos falsos privilegios. Entonces, la frustración, agudizada por el consumo excesivo de alcohol, degenera en golpes”.

La responsabilidad policial es una cuestión controvertida.  “A ese respecto, estamos en mantillas”, indica. A pesar de los avances en el campo de la sensibilización y formación dentro de los cuerpos de seguridad, apunta la necesidad insatisfecha de autoevaluación. “Ahora falta analizar lo realizado y preguntarse cómo fortalecer la protección. Porque no hablamos de una mala conducta sino que denunciamos un delito”.

No es un problema local

El 80% de las salvadoreñas sufre algún tipo de agresión. Puede ser física o psicológica, materializarse en un ataque sexual o en el despojo del patrimonio, incluso, frecuentemente, conllevar la muerte en uno de los países más violentos del continente.  “Con la cuota de veinte asesinatos por día, reñimos con Colombia por el número uno”, asegura Margarita Posada, directora ejecutiva de Aprocsal, una asociación local de promotores y promotoras de salud que combate este fenómeno y que cuenta con la colaboración de la Fundación Anesvad. Ha llegado a Bilbao para explicar su trabajo y demandar apoyo ante una realidad dura. “Soportamos una cultura muy machista y padecemos tal clima de inseguridad ciudadana que, por ejemplo, cualquier tipo armado puede abordar un bus y matar a los pasajeros si no le entregan su móvil”.

Concienciar a las mujeres sobre  los derechos que las asisten y el respeto a su integridad resulta fundamental  para la entidad. Además, el aprendizaje ha de ser temprano en un Estado en el que un tercio de las embarazadas son adolescentes. “Cuando quedan encintas, las echan de casa, dejan los estudios y su vida queda truncada”, explica. Los monitores hablan de salud sexual y reproductiva, previenen a las menores sobre los riesgos y las maneras de soportar las presiones e, incluso, proporcionan técnicas de autodefensa como el kárate para enfrentarse a los intentos de violación. “Hay testimonios que prueban su eficacia”, aduce.

Desde 1993 una red de organizaciones femeninas promueve la concertación nacional de cara a mejorar la calidad de vida del colectivo. Sus problemas evidencian la grave situación de la mujer en Centroamérica. “Está la violencia, pero también las difíciles condiciones laborales de las fábricas textiles, impulsadas por un capital golondrina que las abre y cierra a su gusto, o la inmigración”. Después de una partida masiva de varones, las madres, tradicionalmente empeñadas en la lucha para evitar la disgregación familiar, también han optado por buscar otro futuro hipotéticamente mejor más allá del Río Grande, lo que repercute en el crecimiento y formación de los hijos.

La delincuencia organizada también supone otro riesgo para las jóvenes. “En una situación de crisis de valores, resultan presa fácil para las bandas o maras”, advierte.  La labor de Aprocsal se desarrolla en las comunidades siempre con el horizonte del empoderamiento de la mujer, aunque sus miembros son conscientes de la complejidad que supone formar en la autoestima, cambiar mentalidades y, por tanto, cuestionar el poder histórico de los hombres. “Empoderarlas provoca graves conflictos”, admite. “Por una parte intentamos dotarlas de capacidad para que puedan negociar cuestiones tan esenciales como que el domicilio matrimonial esté a nombre de los dos y por otra, paralelamente, evitamos que la concienciación derive en peligrosos choques. Así, solemos representar obras de teatro en torno a conflictos sociales en las que todos puedan sentirse aludidos y generen reflexión”.

En ese propósito recaban la solidaridad internacional. “Porque el aparato del Estado no funciona”, lamenta y señala que, a menudo, los policías que atienden a las agredidas intentan impedir que se hagan efectivas las denuncias. “No dan protección, no investigan y así se llega a matar, incluso con saña. Necesitamos difundir lo que ocurre y que, como ha ocurrido con el crimen de los padres jesuitas, los entes internacionales presionen para que acabe la impunidad y se haga justicia”.

 

 

 

 



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