Viaje conALBOAN por las heridas abiertas de África. Goma

La ciudad congoleña convertida en sinónimo de drama colectivo es hoy la meta de los afectados por el conflicto más cruel desde la Segunda Guerra Mundial
19 de Octubre de 2009
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Meryl Streep ya no mira al lago Kivu
Uno de los campos de refugiados que la ONU abrió cerca de Goma para acoger a los que huían de los combates en el norte congoleño. / E. C.
GERARDO ELORRIAGA

Meryl Streep aparece de la mano de Robert Redford y solicita al camarero un desayuno a la inglesa. No, es absolutamente descabellado. Si uno se despierta con los cantos tradicionales de los pescadores que faenan en el lago Kivu y contempla sus rústicas canoas desde el balcón de la habitación también puede suponer que hemos regresado al período colonial que retrató la escritora Karen Blixen y que inmortalizó la película 'Memorias de África'.

Pero, desgraciadamente, cualquier evocación romántica se desvanece cuando abandonamos la ribera y nos introducimos en el tráfico caótico de Goma, la ciudad convertida en sinónimo de drama colectivo. Situada en el límite congoleño con Ruanda, a mediados de los noventa fue el destino de miles de refugiados hutus que huían de la represión tutsi tras el cambio de roles en el poder. Hoy es la meta de los afectados por el conflicto local, el más cruel desde la Segunda Guerra Mundial, una tragedia que ha provocado tres, cuatro o cinco millones de muertos, quién sabe y a quién le importa.

Heterogéneas construcciones bordean una larga avenida plagada de cráteres que torturan la circulación. En su interior e inmediaciones se vende todo lo imaginable. La fruta tropical alterna con cosméticos para blanquear la piel más oscura, los sofás se exhiben junto a ataúdes de todas las dimensiones y colores, e innumerables kioscos ofrecen bebidas frías y tarjetas telefónicas. En su camino incierto, la muchedumbre sortea los baches, las innumerables mototaxis y los puestos callejeros instalados sin orden alguno.

Sin embargo, esta bulliciosa población perdió su anárquico aliento cuando, hace un año, temió ser la última presa de Laurent Nkunda, el líder del rebelde CDNP, en la ofensiva contra el Ejército nacional. Las milicias no llegaron a ocuparla, aunque los observadores locales mantienen que sus partidarios ya se encontraban dentro, con el uniforme escondido debajo de la cama o que incluso su esposa aún detenta una gasolinera en la ciudad. Un inesperado acuerdo entre Kigali y Kinshasha permitió la captura del caudillo y, al parecer, pena su desgracia en una cárcel al otro lado de la frontera. Posiblemente, la amenaza sólo fue un farol en ese maldito juego geopolítico, lleno de argucias, alianzas mudables y masacres anónimas.

No abundan las viviendas en torno a la carretera, un eje fundamentalmente comercial, pero vislumbramos las calles que serpentean por las laderas del Nyiragongo. Las blancas fumarolas de este volcán advierten a los vecinos de un peligro tan grave como la inestabilidad política o la generalizada miseria. Sobre los restos de la última colada, vertida hace tan sólo cinco años, se levantan abundantes casas fabricadas con irregulares tablones de madera y cubiertas por chapa ondulada donde, según algunas estimaciones, habita hasta un millón de habitantes. Hay que tener en cuenta que la traslación del genocidio ruandés a Congo, causante de toda una guerra civil, ha provocado el abandono del hogar de dos millones de nativos y que el 70% de los huidos ha hallado amparo en el hogar de parientes y allegados.

La desidia de Mobutu

A medida que nos alejamos del centro urbano, el 'masaje congoleño' se intensifica. Cualquiera que haya viajado por el corazón de los Grandes Lagos en una furgoneta a una velocidad insólita para la escasa calidad del firme reconocerá que los vaivenes experimentados pueden ser brutales si el viajero no permanece sólidamente aferrado al asiento. Según lamentan los lugareños, la ruina del asfalto es fruto de la desidia de Mobutu. Al parecer, el anterior dictador no invirtió ni en obras públicas ni en nada que no tuviera que ver con sus propios intereses, generalmente radicados en Suiza, país tan lejano como bien pavimentado.

Nuestro primer destino es el campo de desplazados de Buhimba, abandonado el pasado 15 de setiembre. La insólita unanimidad del Gobierno, la autoridad local de Naciones Unidas y las ONG permitió el desalojo. La nueva situación de paz ha hecho posible que muchos de sus 15.000 ocupantes retornen a sus lugares de origen, poblaciones al norte de Goma que disfrutan de la nueva etapa de calma. El inicio de la temporada de lluvias, el regreso a las aulas y la disminución a la mitad de las raciones distribuidas por el Programa Mundial de Alimentos también han alentado el regreso.

No obstante, aquellos que provienen de zonas menos seguras se mantienen en Mugunga 3, el único de los recintos emplazados en torno a la capital que aún permanece abierto. Sobre un roquedo se levanta el poblado de pequeñas tiendas, con algunas comunales donde quienes carecen de toldo propio han de compartir la vida sin atisbo de intimidad. ¡Bic, muzungu, biscuit! Los niños, fascinados por la inesperada visita de siete muzungus, blancos en el idioma suahili, se arraciman ante los recién llegados que no pueden proporcionarles los bolígrafos y galletas demandados a gritos sin, probablemente, provocar un tumulto.

Los responsables imponen orden y silencio a los más pequeños para que escuchemos a Odile y Marie, dos asiladas que han sufrido una similar experiencia. El relato de estas dos viudas contradice ese anuncio de pacificación. Ambas cuentan cómo, hace tan sólo unos meses, sus familias fueron sorprendidas por hombres armados y que ni siquiera la entrega de todos sus ahorros impidió el asesinato de los respectivos esposos y de varios hijos, la huida de los supervivientes y la búsqueda de refugio. Probablemente, las dos fueron violadas, práctica habitual para traumatizar, aún más, a las víctimas de las incursiones.

Espanto sin límite

Sería conveniente decir que el terrorífico testimonio y la precariedad de Mugunga nos han sobrecogido, pero lo cierto es que no más que otras historias extraídas de esta guerra extremadamente cruel. Lo que suponemos realmente espantoso es el estado de ánimo de quienes han de permanecer ociosos día a día esperando el sustento de las organizaciones humanitarias.

En una tierra donde, desde que el sol comienza a brillar, la vida parece entrar en un proceso de frenética actividad y la iniciativa resulta un requisito ineludible para combatir el hambre, depender de la caridad ajena puede acabar con la fortaleza del más aguerrido. De alguna manera, esa derrota, muda, imperturbable, se advierte a través del visor de la cámara y acaba por hacernos desistir del retrato, como si atestiguar el dolor fuera otra forma de arrebatarles su dignidad. No, esto no es un zoo.

Mientras volvemos a Goma, no podemos dejar de elucubrar sobre las causas de la ruina en esta tierra de la abundancia. A lo largo del camino contemplamos las sedes, bien vigiladas, de las numerosas ONG presentes y comprobamos la proliferación de todo tipo de templos y credos, empeñados en alentar la esperanza, ese valor tan escaso en el rico Congo.

No sabemos si el cielo escucha sus múltiples oraciones, pero, sin duda, desvela la clave de su infortunio. El incesante paso de aviones, cargados con el preciado mineral ilegalmente extraído y comerciado, nos hace suponer que la desgracia se encuentra, literalmente, en las entrañas de esta tierra. También nos sugiere que la corrupción de unos y la connivencia de otros permiten que mujeres tan resueltas como Odile y Marie, capaces de obtener recursos de cualquier mercadeo para alimentar a los suyos, hayan perdido, posiblemente para siempre, el brillo de su mirada y la voluntad de seguir adelante
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