Viaje con ALBOAN por las heridas abiertas de África. Kigali

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18 de Octubre de 2009
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La memoria desvanecida de Paul Rusesabagina
Dos supervivientes del genocidio ruandés portan retratos de familiares muertos/REUTERS
GERARDO ELORRIAGA/  No, no hay rastro de Paul Rusesabagina en el apartado de héroes locales. Al parecer, salvar la vida de 1.268 personas e inspirar una película de Hollywood no le han hecho acreedor siquiera de una mención en el Museo del Genocidio de Kigali. Tampoco encontramos referencia alguna en el interior del famoso Hôtel des Milles Colines, trasladado a la gran pantalla como el Hotel Ruanda. Según algunas fuentes, el esforzado gerente, capaz de evitar la masacre de quienes se acogieron a sus dependencias, ha vertido críticas hacia el actual régimen, una posición que suele acarrear el apelativo oficial de 'negacionista', es decir, de poner en tela de juicio el hecho de que, hace quince años, tal vez 800.000 de sus habitantes fueron asesinados por meros argumentos étnicos.

La institución que conmemora aquel episodio explica las diversas maneras de matar de los criminales hutus, a cual más horrenda, y también apunta culpables para explicar la segregación de la sociedad ruandesa. Según sus paneles informativos, los ánimos fueron encrespados por los colonizadores belgas tan pronto como impusieron la categoría de tutsi a quien poseía más de diez vacas y de hutu al propietario de un menor número de cabezas de ganado, una división que, a juicio, de la doctrina oficial, fue sancionada posteriormente por la iglesia católica, todavía preponderante en el país.

Sin embargo, desde que los escasos extranjeros acceden al pequeño aeropuerto de la ciudad pueden diferenciar entre los sujetos espigados de rasgos nilóticos y aquellos otros achaparrados con fisonomía bantú. Pero no, no se puede hablar de diferencias en voz alta. La unificación ha llegado por decreto a la pseudodemocracia de un Estado ahora bendecido por la diplomacia anglosajona, capaz de perdonar sus injerencias en el rumbo político del vecino Congo o, incluso, obviar unas recientes elecciones tan surrealistas que incluso la oposición pedía el voto para el partido gobernante.

Welcome to Ruanda. El régimen dirigido por Jean-Paul Kagame no perdona a los franceses que no protegieran a los suyos ni que la operación militar 'Turquesa' facilitara, presuntamente, la huida de la milicia interhamwe cuando los guerrilleros tutsis del Frente Patriótico Ruandés les echaron del poder y buscaron cruel venganza por los desmanes cometidos contra los suyos. La Embajada gala permanece cerrada y la Administración se esfuerza por desplazar a la población desde la esfera francófona al área de influencia del inglés.

Ciudad pujante

Las instituciones políticas y culturales de París parecen los únicos edificios aletargados en una ciudad pujante, desparramada por un sinfín de montículos y carente de 'skyline'. En el centro proliferan las nuevas construcciones al amparo de toscos andamios de madera. Así, frente a un estadio amplio y moderno, una larga empalizada protege el vasto recinto propiedad de los Testigos de Jehová y en la misma avenida las nuevas e impolutas oficinas se ofrecen en alquiler.

A la manera de una espectacular fortaleza, la representación norteamericana culmina el floreciente barrio de Remera y evidencia la entente con Washington. Más allá, tras salvar curvas imposibles, comienza la exclusiva zona residencial de Merci Congo, sarcasmo que viene a explicar el origen del aparente milagro económico de un país superpoblado y carente de grandes recursos naturales. Pero no, tan sólo se puede musitar que, ejem, la prosperidad de los nuevos ricos proviene del tráfico ilegal de los minerales extraídos en el país vecino.

A un lado de la carretera la piqueta acaba con barrios populares, mientras que en el otro se erigen las nuevas residencias para jerarcas y ricos comerciantes, cuatrocientos metros cuadrados por 2.000 dólares (1.350 euros) mensuales, precios europeos inasequibles para la inmensa mayoría. Los campesinos que llegan a la capital atraídos por el auge de la construcción deben hacinarse en habitaciones miserables perpetuamente amenazadas por órdenes de derribo.

Pero no, aparte de las inevitables diferencias sociales, Kigali se antoja un lugar pintoresco donde cabe cenar un sábado de octubre en la terraza interior de un restaurante mientras la televisión emite el partido entre el Barça y el Almería. Más allá del fútbol, España no se antoja de moda en Ruanda. El juez Francisco Andreu abrió la caja de Pandora al admitir a trámite el procesamiento de cuarenta altos burócratas supuestamente implicados en la revancha, no menos horrenda, de los tutsis sobre el pueblo hutu cuando huía hacía la frontera tras ser desposeído del poder. Entre los muertos se cuentan nueve españoles, testigos de las tropelías de los nuevos gobernantes.

Hoy, unos 100.000 prisioneros penan en las cárceles ruandesas y todavía se van conociendo nuevas sentencias dictadas para los grandes responsables de la barbarie atrapados en la huida. Las prisiones también acogen a un empresario burgalés. Desde hace seis meses, Luis Dueñas permanece encarcelado cumpliendo una condena por corrupción y evasión de impuestos que se prolongará a lo largo de otros tres años. Su última esperanza radica en que Zapatero solicite el indulto al todopoderoso presidente Kagame.


Olvidemos sinsabores porque la fiebre del fin de semana también llega al corazón de África. Es el día en el que las parejas de novios celebran su unión en la catedral de Saint Michel y las comitivas de relucientes vehículos recorren la ciudad precedidas por un coche descubierto desde el que, tal vez, un amigo de la pareja graba en vídeo el feliz acontecimiento. Las peluquerías, situadas en los bajos de los edificios, apuran hasta bien avanzada la demanda de la abultada clientela mientras en el primer piso se adivinan discotecas estruendosas que anuncian la diversión semanal.


Odio en la calle

Kigali es una fiesta. ¿Quién puede afirmar que aquí, hace quince años, se produjo un espantoso baño de sangre? ¿Algo así pudo ser posible en esta pulcra ciudad, provista de aceras, farolas y medianas que nunca más veremos a lo largo de nuestro viaje por los Grandes Lagos? Alguien que no quiere dar su nombre asegura que no cabe engañarse, que el odio bulle en la memoria de unos y otros, que las dos comunidades mantienen las diferencias, a pesar de la reconciliación dictada 'manu militari', y que al descolgar el teléfono se percibe la escucha de quien ha determinado que Ruanda se halla habitada por un solo pueblo y la propiedad de un rebaño de famélicas vacas no puede alterar el común destino.

Sin embargo, la realidad siempre busca recovecos para hacerse presente. El domingo parece un día de relajo en el apacible Centro Christus, el albergue jesuita en el que nos alojamos. El paseo por su parque nos conduce a un pequeño recinto donde, por fin, el pasado desbarata esa primera imagen idílica. Una placa recuerda que, hace quince años, los milicianos, en una de sus primeras razias en la capital, entraron en sus cuidados jardines, agruparon a diecisiete de sus habitantes, clérigos y laicos, y los ejecutaron sin ningún miramiento. Probablemente, se trataba de individuos altos y delgados, quizás un tanto desgarbados en sus movimientos, y pertenecían a la misma etnia que hoy ha decidido que Ruanda es un mundo feliz.

 


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