Viaje con ALBOAN por las heridas abiertas de África. Rutshuru

El camino a Rutshuru refleja la desoladora realidad cotidiana en el campo congoleño, donde la inseguridad es mayor pese a la insólita presencia de soldados indios
20 de Octubre de 2009
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La ruta de los 'chukudus'
Una familia se desplaza con su 'chukudu' (bicicleta de madera) en las cercanías de Rutshuru./ G. Elorriaga

Gerardo Elorriaga

La regla para diferenciar hombres armados resulta sencilla y efectiva. Si su aspecto es zarrapastroso, se trata de soldados congoleños. Si la indumentaria es correcta, el fusil aparece reluciente y las botas lucen lustrosas, nos encontramos ante un antiguo guerrillero del altivo Laurent Nkunda. Unos y otros nos contemplan con similar asombro en nuestro viaje por la carretera que conduce a Rutshuru, la población donde, en octubre del pasado año, la religiosa española Purificación López perdió las dos piernas en un combate entre ambas fuerzas. Hoy, según reza el acuerdo de paz, los antiguos enemigos se han integrado en el Ejército regular y la vida ha recuperado su cotidianidad en los poblados que conducen al interior de la provincia de Kivu Norte.

Pero la realidad en los Grandes Lagos nunca es sencilla y muda con las horas, sobre todo lejos de la relativa seguridad de las ciudades. Así, la mañana abarrota la vía de campesinos que, azada al hombro, se dirigen a sus cultivos, niños que portan recipientes para el agua, adolescentes uniformados camino de la escuela e, incluso, alguna familia de monos que atraviesa el asfalto. Los camiones atestados se alternan con las bicicletas de metal y las fabricadas en madera o 'chukudus', características de la región. Donde los picotazos letales de la mosca tse tse impiden el uso de caballos y burros y las distancias se miden en horas, no en kilómetros, poseer un vehículo de este tipo puede garantizar la existencia más digna.

La mirada se pierde entre colinas sembradas de café y té, plantaciones de yuca y palmeras. En el paisaje verde exultante sobresalen diminutos poblados, anuncios que revelan los peligros de no precaverse del sida o condenan la violencia contra las mujeres, y la desconcertante presencia de una bandera india. Se trata de un puesto de control de la Monuc, las fuerzas armadas desplegadas por la ONU. En el corazón de África, en mitad de la nada, unos soldados de piel cobriza revisan los permisos del auto y saludan amablemente.

Reducto de los gorilas

También recorremos un flanco del Parque Nacional de los Virungas, reducto de los gorilas. Como ocurrió con los seres humanos, algunos emigraron a Uganda o Ruanda cuando los combates se intensificaron y, posiblemente, al igual que ha sucedido con buena parte de la fauna del lugar, otros muchos perecieron a manos de las milicias.

A lo largo de varias horas conocemos varias instituciones académicas de educación primaria y secundaria. Visitamos una católica, otra musulmana y una tercera ligada a la confesión adventista. El Servicio Jesuita de Refugiados (SJR), organización aliada de la vasca Alboan, no hace distingos en este mosaico de credos y provee de medios a edificios asolados, colegios que fueron cuarteles y donde ya no queda nada.

El sacerdote Joseph Mwendanga, responsable del programa, habla del esfuerzo de los padres por recuperar la enseñanza y de su apoyo para que los hijos de 7.000 recién retornados puedan incorporarse a las aulas. Es la 'escuela evolutiva'. La entidad pone los medios para atender las necesidades imperiosas y los progenitores han de asumir la reforma posterior.

Álvaro Trincado ha sido el único 'muzungu' en esa tierra de nadie. Este arquitecto riojano abandonó un buen empleo, su casa en Ávila y una piragua para participar en tal esfuerzo de reconstrucción. «Aquí te dejas la piel en el trabajo y vuelves satisfecho a casa», alega para explicar tal cambio. Tan sólo le exaspera el coste de los materiales, la mayoría importados. «¡Un saco de cemento cuesta 20 dólares! (13,3 euros) ¿No es demencial?».

Optimismo político

Además de referirse a los proyectos para la paz, tanto los expatriados como los nacionales aluden a la sed de vivir de otra manera y del nuevo discurso gubernamental, que habla de tolerancia cero con la violencia, como un factor positivo. Pero, asimismo, mencionan la falta de mejoras en la sanidad o la alimentación a pesar de las promesas reiteradas, de que la gente se toma a broma las manifestaciones de los políticos cuando se refieren a la regeneración ética y la implantación de valores en una sociedad emponzoñada por la hostilidad.

La élite social ha abandonado Congo y la esperanza de un buen salario radica en trabajar para esa miríada de entidades humanitarias que se han asentado en la zona con los mejores propósitos y holgados presupuestos. Desde sus sedes, recintos amurallados y dotados de personal de seguridad, aportan algunos de los servicios que no facilita una Administración invisible. «Ganas más si barres en una ONG que si eres enfermera o profesor», asegura un cooperante.

Pero también la desolación puede graduarse. Al borde de la carretera encontramos un asentamiento improvisado de pigmeos, un pueblo que ha huido de las montañas donde prosiguen las escaramuzas y las guerrillas fuerzan a los civiles a trabajar en las minas bajo su control. La comunidad subsiste de la caridad en condiciones extremas carentes de todo. Son el último escalafón, los marginados dentro de un pueblo olvidado.

El conductor se impacienta. Son las cuatro y nuestra sobremesa se alarga demasiado. Tan sólo quedan un par de horas antes de que caiga la noche, temprana en la cercanía del Ecuador. Entonces, el escenario local también refleja el reverso oscuro. Los nativos mencionan los disparos en la penumbra, las venganzas a domicilio, incluidas las numerosas agresiones sexuales, y la necesidad de refugiarse en el bosque cuando la amenaza es grave. En el mejor de los casos, los cultivadores saben que habrán de 'compartir' la cosecha con los militares si no son víctimas del pillaje o la revancha.

Llegamos a Goma cuando apenas queda luz. A la entrada de la ciudad encontramos un barrio de chabolas erigido sobre los flujos solidificados de lava y, posteriormente, otro cuartel de los cascos azules, en este caso uruguayos. También observamos soldados latinoamericanos curioseando la quincalla expuesta en los tenderetes y kioscos repartidos por el centro. Rutshuru ha quedado a merced de sus fantasmas.

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