8 de marzo, Día Internacional de la Mujer

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06 de Marzo de 2010
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GERARDO ELORRIAGA /

Clementine Baza
Para Clementine Baza, el trabajo es la conexión con su familia, los cuatro hijos y un nieto, la madre e, incluso, una hermana y varios sobrinos que no tienen medios para salir adelante, la última de sus preocupaciones, según la última carta llegada de Congo. Esta profesora y burócrata abandonó su Kinshasha natal hace quince años, temiendo por su integridad. Entonces, inició un periplo por varios países antes de llegar a España, donde consiguió la ayuda de la Comisión Española de Ayuda al Refugiado.
Las imágenes muestran su estancia en diversas casas de acogida, demacrada, pero ejerciendo su labor de maestra incluso cuando se cebó en ella la enfermedad. “Es que no podía quedarme tranquila”, explica. En Bilbao ha aprendido el castellano. Aquí se emplea por horas en el servicio doméstico y ahorra lo que puede para enviar fondos que sustentan a los suyos, a los que no ha visto a lo largo de este largo periodo de tiempo
Después de comer, reparte su tiempo como voluntaria de varias ONG, acompañando a niños o enfermos del Hospital de San Juan de Dios.  Ella  explica que aún permanece muy dentro de su ser el pensamiento scout de la infancia y la educación cristina recibida. “Ayudar sin pedir nada”, resume. Mientras tanto, busca otras formas de sustento. Pero, a menudo, la rechazan. “No quieren a una negra”, lamenta.

Arantza, horario laboral nocturno

Arantza vive a contracorriente. Cuando los demás vuelven, ella se va a trabajar. Su horario laboral es nocturno y dice que al despertarse, a media mañana, todo el mundo ya ha dado cien vueltas. Tan sólo coincide con la familia, marido e hijo, en el tiempo del almuerzo, y asegura que las tareas del hogar se le acumulan en unas pocas horas.
Esta mujer de 49 años explica que ha luchado por la igualdad pero que, aunque se ha evolucionado, los cambios no han sido tantos. En su opinión, la discriminación persiste y tan sólo acabará cuando la equiparación entre unos y otras se consiga en el hogar, la calle y en el ámbito laboral.
Arantza explica que ha criado a su hijo en la convicción de que hombres y mujeres son iguales, que nadie es más que nadie, y lamenta todo lo que queda por hacer, por ejemplo, para mejorar la calidad de vida de las viudas. ¡Ah! Además, confiesa que, pese a todo, es una mujer feliz.
 
Amaia Golzarri, trabajadora en un taller de  Lantegi Batuak
¿Estás contenta con tu trabajo? A Amaia le cuesta responder. El micrófono la intimida y no se explaya, aunque reconoce que sí, que es una privilegiada porque muchos amigos no cuentan con un puesto de trabajo. Ella presta sus servicios en los talleres de Lantegi Batuak, una organización no lucrativa que proporciona empleo a personas con discapacidad con estrategias que parten de la orientación y formación, a los centros ocupacionales y especiales de empleo, hasta, incluso, procurar su inserción en el ámbito laboral ordinario.
La entidad nos recuerda que personas como Amaia gozan de un raro privilegio frente a la doble discriminación de ser mujeres y sufrir alguna discapacidad. En nuestro país, este colectivo padece un 60% de paro y en el 2009 el número de contrataciones descendió un 15%. Las empresas privadas rehúyen el compromiso con y, sin embargo, según la Organización Mundial del Trabajo, estas empleadas suelen ser más responsables, permanecen más tiempo en sus lugares de trabajo y contribuyen en igual o mayor medida a la productividad.

Karmele, profesora de primaria casada con un enfermo de alzheimer
Karmele siempre ha disfrutado como profesora de Educación Primaria. Pero durante dieciséis meses ha permanecido de baja con tratamiento psicológico y psiquiátrico. Cuando le diagnosticaron la enfermedad de Alzheimer a su marido, con tan sólo 53 años, su vida cambió bruscamente y recuerda el primer golpe, cómo se aisló del mundo, de sus compañeros y amigos, las consultas médicas y los numerosos trámites que hubo de realizar.
Hoy, reincorporada a las clases, reconoce que, de vez en cuando, su pensamiento vuela hacia otro sitio, que elucubra sobre el marido que permanece en casa durante largas horas. Cada día, ella abandona el hogar muy temprano y, a menudo, regresa sobre las ocho de la tarde. ¿Qué hará? ¿Comerá? ¿Se perderá? Aunque aún se halla en las primeras fases del mal, ella reconoce que le angustia enfrentarse a su evolución.
El trabajo supone para Karmele el anclaje con la realidad, una manera de relacionarse con la gente y de olvidar siquiera temporalmente la situación que vive. La dirección le ha privado de su labor de Tutoría lo que la descarga de una labor y cuidar a su esposo. “Tengo mucho miedo, el trabajo me ayuda a moverme en otro mundo, pero, en el futuro, ¿cómo lo compaginaré con la enfermedad?”.

María Guijarro, periodista en una ONG
Lo suyo es vocacional y entusiasta. María lleva trece años dedicada a la cooperación internacional al desarrollo y ha vivido en varios continentes. Hoy se encarga de la relación con los medios de comunicación y la organización de eventos públicos de la ONG Alboan e, incluso, realiza cortos viajes al extranjero porque tiene dos hijos de cuatro y tres años, además de otro en camino.
Esta periodista reconoce que resulta complicado conjugar trabajo y vida familiar, pero tiene claro que los hijos han de ser criados por sus padres. Solicitó la reducción de jornada para poder pasar las tardes con los niños. Más allá de las conquistas legales, María aboga por romper obstáculos y tabúes en torno a esa conciliación entre la vida profesional y personal. “Quienes reducimos nuestro horario, trabajamos con la misma intensidad y, además, tenemos la enorme satisfacción de ver crecer a nuestros hijos”, alega.

 
 

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