Crisis humanitaria
"Debemos entender que ningún Gobierno de ningún país puede responder por sí solo a tan enormes necesidades sanitarias". Son las palabras del primer ministro paquistaní, Yusuf Razá Guilani que se enfrenta al mayor desastre humanitario en la historia del país asiático. Las intensas lluvias de finales de julio han sembrado la devastación y dejado cifras que hablan por sí mismas. De momento, el número oficial de muertos es de 1.564, aunque lo cierto es que hay extensas áreas del país que aún permanecen inaccesibles. En ese sentido, el embajador de Islamabad ante Naciones Unidas, Abdullah Hussain, ha sido certero: “Sólo podemos aguantar la respiración y esperar”.
A la cifra de fallecidos, hay que sumar otros 2.062 heridos y entre 17 y 20 millones de personas afectadas. Las consecuencias de las inundaciones en Pakistán superan ya al tsunami asiático de 2005 y los terremotos de Cachemira, también en 2005, y Haití, en enero de este año. El agua ha anegado cerca del 20% del país –unos 160.000 kilómetros cuadrados de tierra- y cuatro millones de personas han perdido su hogar. No obstante, parece que lo peor está por llegar. Al menos 3,5 millones de niños están en peligro de contraer enfermedades como la malaria, disentería o cólera por las aguas contaminadas. Además, millones de animales han muerto y, al menos, tres millones de hectáreas de cultivos se han perdido.
Mientras el secretario general de Naciones Unidas, Ban Ki Moon, ha considerado que esta es “una de las mayores pruebas de nuestros tiempos para la solidaridad internacional” y que Pakistán se está enfrentando a “un tsunami a cámara lenta” cuyas necesidades seguirán en aumento, la ayuda internacional no acaba de llegar con la celeridad que debiera. Semanas después de que empezase a llover, sólo ha llegado a Pakistán el 55% de los 460 millones de euros comprometidos. Un dinero que, por otra parte, está diseñado para cubrir un plan de urgencia de tres meses, según ha advertido Unicef.









