Chernóbil Elkartea

Vidasolidaria recorre con la asociación Chernóbil Elkartea algunas de las aldeas en las que viven los niños y niñas que pasan las vacaciones de verano en Euskadi
05 de Mayo de 2011
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Marta R. Román/ Apenas dos kilómetros separan la casa de Maxim del inicio del área de exclusión de la central nuclear, un punto que desde 1986 delimita dónde se puede y no se puede vivir. Maxim tiene una leve cojera y sonríe sin alzar la cabeza del todo. Es una de las últimas incorporaciones al programa de vacaciones de verano que gestiona la Asociación Chernóbil Elkartea.

Cuando la asociación lo visitó por primera vez, la madre de Maxim -Natasha- les dijo que al niño "se le estaban pudriendo los huesos". Imposible saber exactamente qué es lo que le pasaba en un país donde no hay sistema sanitario público y la asistencia médica sólo está al alcance de unos pocos. El simple tratamiento de un esguince de tobillo por un médico de Kiev puede costar 1.650 grivnas (165 euros). El sueldo del padre de Maxim, que trabaja en la central nuclear de Chernóbil como guarda forestal, no llega a los 200 euros. Echen ustedes mismos las cuentas.
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niños de chernobil
El porgrama de acogida puede cambiar sus vidas

Al menos 220 menoress necesitan salir
Como Maxim -que tras pasar en 2010 su primer verano en Donosti se ha librado del aparato que llevaba en la pierna- muchos niños y niñas siguen necesitando viajar a Euskadi para, al menos durante dos meses, salir de un Chernóbil condenado no solo por el fantasma de la radiación sino por el fatalismo y la falta total de expectativas para sus habitantes.

 "Siempre hay alguna familia que cree que nos hemos confundido -explica Marian Izaguirre, presidenta de Chernóbil Elkartea- y que su niño o niña vive bien aquí. La única realidad es que este año hemos visto 220 menores que necesitarían salir, pero solo hemos encontrado 60 familias dispuestas a acogerlos".

Aldeas sin futuro
Entre calles sin asfaltar, casas de madera ruinosas, casi como cuevas, en ocasiones sin agua o luz, vamos en busca de la familia Chekam. Nos recibe su padre que ha bebido más vodka de la cuenta. Estaba echando la siesta mientras Tetiana, Shasha y Sergey recogen chatarra para él. Sin otro tipo de ingresos y una orden de embargo de su vivienda a sus espaldas, cuenta que posiblemente acabe ocupando una de las muchas casas deshabitadas de Chernóbil. No se plantea la prohibición, el peligro o las consecuencias sobre sus siete hijos. No hay alternativa.

"Aquí sólo quedan los que no pudieron marcharse. El que pudo se fue tras el desastre nuclear", explica Marian. Entre las que pudieron están casi todas las empresas. A excepción de la central -que sigue dando empleo a 3.000 personas - es difícil ver algún atisbo de desarrollo económico y casi misión imposible saber de qué se mantienen muchas familias.

Los estudios oficiales realizados por la ONU sobre las consecuencias de la explosión nuclear ratifican la sensación de que el pesimismo y la falta de perspectivas ha hecho tanto o más daño que la radiactividad. "El verdadero peligro es la pobreza", dijo ya en 2005 la coordinadora de los asuntos relativos a Chernóbil en el Programa de Naciones Unidas para el Desarrolllo (PNUD), Louisa Vinton.

En el mejor de los casos 120 euros al mes
Seis años más tarde, un cuarto de siglo después de la catástrofe, las cosas en ese sentido no han mejorado. Desde la Asociación Chernóbil Elkartea se percibe que incluso han empeorado, consecuencia directa de la crisis económica mundial. "Todo está peor. ¿Cómo decirle a alguien que no se coma las patatas que cultiva en este suelo contaminado cuando no tiene más salida?", se preguntan. Los más pequeños siguen enfrentándose a viejos conocidos como el cáncer, las alteraciones del tiroides o las enfermedades de tipo cardíaco. Con los exiguos sueldos de sus padres -40, 80 o 120 euros en el mejor de los casos- y los precios de consumo al mismo nivel de cualquier país europeo, hay que añadirle la malnutrición y la imposibilidad de acceder a una sanidad y educación de calidad.

El programa de acogida cambia vidas
"Los pueblos que están cerca de Chernóbil están muy abandonados y el gobierno no hace nada. ¿Qué desarrollo podemos esperar, qué va a hacer la gente si no hay nada? Muchos alcoholizarse y el resto hacer nuestra vida normal sin pensar en lo que nos puede pasar por comer lo que viene de esta tierra". La que se hace estas preguntas y saca conclusiones tan reales como desesperadas es Galinka Nedelko, una joven de 20 años que durante más de una década hizo cada año el recorrido Sukachi-Euskadi. De sus palabras se adivina una lucha interna por abandonar o seguir en su país. "En los pueblos no hay futuro y Kiev es una capital muy cara. Nadie va a hacer nada, pero si nos vamos, ¿quién quedará para luchar?".

No obstante, está convencida de que su futuro hubiese sido otro si el programa de acogida no hubiese cruzado en su camino. "Creo que hoy en día no estaría estudiando en la Universidad Taras Shevchenko ni tendría la ilusión de seguir aprendiendo castellano y ser traductora", dice. Paralela a su formación académica, Galinka ha cultivado una conciencia social que le ha llevado a recorrer muchas aldeas en busca de menores que precisen de ayuda: "Yo me quejaba de que vivía mal pero ni siquiera imaginaba que había niños viviendo en estas condiciones, casi en agujeros".

Yolanda y David viajan para conocer cómo viven realmente los niños
De agujero podría calificarse la casa donde vive el niño que Yolanda y David, una joven pareja, acogieron por primera vez el verano pasado. Ambos aprovecharon esta Semana Santa para viajar a Ucrania a conocer a la familia de Bogdan. Su gozo en un pozo. La madre les hizo una breve recepción, les dejó agua, café, dos tazas sucias y desapareció. No la volvieron a ver. Nada parecido a una cama, ni rastro de una mínima comodidad como una cocina, frigorífico o lavadora y suciedad generalizada. "Había tratado de mentalizarme y ha sido peor de lo que había imaginado", cuenta Yolanda impactada tras el encuentro. "Siempre habíamos querido acoger y la experiencia es una pasada pero venir aquí y conocer la realidad ha sido muy duro. No me arrepiento aunque no sé si volveré". A su lado, David repite "pobre crío".
A pesar de todo, David y Yolanda se reponen a la impresión y tratan de recuperar la complicidad ganada durante dos meses. Bogdan reacciona poco a poco. Calla y come. Sobre todo come. Gesto serio y mirada pegada al suelo al principio y sonrisa abierta a sus 'padres' de acogida al final. "Ahora sé realmente cómo viven y, la verdad, voy a darle muchas vueltas cuando llegue allí. Menos mal que quedan menos de dos meses para que venga", suspira Yolanda.

El Carné de Chernóbil les abre las puertas a España
Si Yolanda cuenta los días para volver a abrir las puertas de su casa a Bogdan, muchos niños y niñas de Irpen miran el calendario para saber cuánto queda para el 20 de junio. Irpen, más cercana a Kiev, es la otra gran área de donde proceden los menores. A pesar de estar físicamente más alejados de Chernóbil, todos los menores tienen el carné que acredita su residencia en una zona afectada. Su beneficio más evidente es poder viajar cada verano a España.
El resto de ventajas sociales o son prácticamente inviables (50% de descuento en sus viajes en avión o tren), o francamente mejorables (0.20 euros de pan al día) o les acaban marcando y encerrando en un gueto (guardería y comedor gratuito en el colegio sólo si elijen un centro educativo situado también en una zona afectada). 

Es el caso de Andrey y Alexey. Cuando se les pregunta qué es lo que más les gusta de Euskadi responden casi al unísono: “Todo”. Su vivienda es tremendamente sencilla y humilde pero tiene agua, luz y disfrutan de unas mínimas comodidades: cocina, lavadora, una pequeña televisión y ordenador. Eso sí. Como en tantas otras casas de tantas otras aldeas, no hay baño. Una letrina en el exterior y un invento conformado por cuatro tubos de forja coronados por un cubo hacen las veces de ducha. Da escalofríos solo pensar en salir fuera a lavarse en pleno invierno a 20 grados bajo cero.

Otra realidad más amable
Su babushka (abuela en ruso) les mantiene a ellos y a su madre. Sin perder su sonrisa, esta mujer -que trabaja en dos ópticas por unos 140 euros al mes- nos da las claves de lo que es mucho más que unas divertidas vacaciones: “Aprenden a ver que hay otras personas que viven mejor que ellos y ganan en salud y autoestima. Ven otra realidad diferente a la suya”.
Maxim, Tetiana, Shasha, Sergey, Bogdan, Alexey y Andrey son sólo una pequeña parte de los más de 200 menores que ya conocen esa otra realidad más amable lejos de la pobre Chernóbil. Otros 60 niños y niñas tendrán la oportunidad de vivir la experiencia por primera vez este año, pero como dice una y otra vez Marian hay tantos
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