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Vacaciones solidarias

Jóvenes de entre 18 y 25 años participan en los tres campos con fines sociales de Bizkaia dentro del programa Auzolandegiak
15 de Agosto de 2012
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Campos de trabajo durante el verano
Tres voluntarios se esmeran con las tareas de un campo de trabajo. | Foto: Fernando Gómez
J. MATEOS | Que el verano es tiempo de sol y playa es una idea que no todo el mundo comparte. Algunos prefieren aprovechar la época estival para dar rienda suelta a su espíritu solidario. Es el caso de los cientos de jóvenes que participan estos meses en campos de trabajo. Concebidos en la década de los ochenta como novedosos programas que ofrecían a los chavales la posibilidad de salir de casa y vivir nuevas experiencias, se mantuvieron durante muchos años como una alternativa de ocio veraniego no demasiado común. Veinte años después, esta fórmula vacacional arrasa.

Bizkaia no es ajena al auge de estos campamentos que aúnan trabajo y diversión con un proyecto de carácter social de fondo. En el territorio existen ya tres colonias que se enmarcan en el programa Auzolandegiak del Gobierno vasco. En ellas participan chavales de entre 18 y 25 años. Y las plazas están más que solicitadas. «En cuanto sale la oferta, se agotan todas», confirman fuentes del Ejecutivo vasco. Un proyecto de desarrollo urbano en la localidad encartada de Artzentales, otro de promoción del ocio infantil en la comarca de Busturialdea y el fomento de la comunicación intergeneracional en Lekeitio son las propuestas para este verano en el territorio.

¿Cómo es el día a día en los campos? En el de Artzentales, por ejemplo, están de estreno. El proyecto, con cabida para 23 jóvenes, tanto vascos como del resto de España, celebra este año su primera edición. Sus participantes se enfrentan a la restauración del antiguo trazado ferroviario que unía la localidad cántabra de Castro con Bizkaia. En la plantilla se cuentan, además de algunos autóctonos, chavales de Albacete, Álava, Barcelona, Canarias, Córdoba, Gipuzkoa, Zaragoza y La Rioja.

No trabajan solos. Tres monitores expertos en tiempo libre se encargan de dinamizar la experiencia y guiar los pasos de la cuadrilla hacia la consecución de su objetivo: convertir el antiguo trazado de tren de 42 kilómetros, abandonado y semioculto entre la maleza, en una vía verde que los vecinos del municipio puedan aprovechar para pasear y hacer deporte.

Antes de ponerse manos a la obra, el grupo hizo una ronda de reconocimiento por el viejo recorrido. «Lo primero que hicimos fue dar una vuelta por el recinto para familiarizarnos con el escenario del trabajo y anotar todo el material que nos faltaba: carteles de señalización, papeleras...», relata Ekiñe, la directora de ocio del programa.

Arrimar el hombro y trabajar es sólo la mejor de las excusas para entablar conversación y amistad con compañeros y monitores. «Hemos tenido mucha suerte con el grupo. La relación con ellos es excelente», recalca Asier Orio, responsable del proyecto. Además de estar trabajando para la comunidad -«no olvidemos que su obra contribuye a desarrollar socioeconómicamente la parte más rural de las Encartaciones», subraya Orio-, aprovechan para empaparse de todo lo que les rodea. «Están muy interesados en participar y, en el caso de los que provienen de otras provincias, tienen auténticas ganas de aprender la cultura y el idioma autóctonos».

«Vacaciones asequibles»
En la experiencia, que dura dos semanas, los días se organizan en torno a las cinco horas que deben destinar los voluntarios a las labores específicas del programa. Disponen del resto del tiempo para realizar actividades lúdicas. El Museo de las Encartaciones, la antigua Casa de Juntas, el Museo Etnográfico del Valle de Villaverde y la costa guipuzcoana son algunas de las visitas que los participantes tienen apuntadas en la agenda para relajarse después de un duro día de trabajo.

Estas atareadas vacaciones salen casi gratis. Inscribirse en el proyecto cuesta sólo 72 euros. A cambio, los jóvenes disfrutan de alojamiento y pensión completa en un albergue de Balmaseda, un edificio de dos plantas con capacidad para treinta personas que se ha convertido en su nuevo hogar. «Parece una comuna», comenta entre risas Nuria, una albaceteña veterana en el mundo de los campos de trabajo. «El proyecto social de fondo es una excusa genial para disfrutar de unas semanas distintas a un precio más asequible -explica-, porque trabajar es siempre lo de menos».

Ander, un barakaldés de 22 años, también está curtido en esto de «trabajar por la cara». Es el cuarto año que participa en iniciativas de este tipo. «Lo veo como una oportunidad para recuperar la zona. Se trata de preservar un patrimonio que tenemos aquí al lado y que no aprovechamos», apunta el joven, que también valora otros aspectos adicionales de la experiencia. «Creo que es un lugar estupendo para potenciar la convivencia. Además, la faena no se hace nada dura», añade.

Arrate, una guipuzcoana de 21 años, es una de las pocas novatas del grupo. Actualmente trabaja en un taller con el grupo Gureak, una organización que persigue la integración social de las personas con discapacidad. «Me apunté gracias a mis hermanos, que ya habían vivido la experiencia y me lo recomendaron. Al principio me resultó difícil interiorizar las tareas, pero me adapté rápido». Superados los primeros escollos, todo son risas y bromas en Artzentales. Y es que hasta trabajar puede ser divertido.
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