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Puesto en marcha en Camerún por una ingeniera bilbaína

Con el apoyo de Itaka Escolapios, la bilbaína Paula Jaureguibeitia ha diseñado un biodigestor que ayudará a una escuela de Camerún a gestionar recursos orgánicos. La iniciativa formó parte de su proyecto final en la Escuela de Ingenieros de Bilbao
31 de Mayo de 2013
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Un proyecto de fin de carrera en clave solidaria
Paula Jaureguibeitia, en el centro de la imagen, con el equipo de la granja-escuela. | Fotos: Paula Jaureguibeitia
L. RENTERIA | A diferencia de otros estudiantes, cuando Paula Jaureguibeitia tuvo que enfrentarse a su proyecto de fin de carrera decidió que quería hacer "algo útil, no un tocho de libro que fuera a quedarse en una balda por siempre jamás". Con esa intención, esta ingeniera química experta en gestión y emprendimiento comprendió que lo mejor era aunar sus conocimientos y su experiencia como voluntaria, e ideó el modo de dar forma a esa brillante idea.

"Todo comenzó a gestarse con un viaje que hice a África en verano de 2009 para colaborar con la Fundación Itaka Escolapios", explica Paula. Antes, esta bilbaína de 27 años ya había realizado labores de cooperación con Adsis y Aspanovas, entre muchos otros, pero en la granja-escuela 'Nazareth Center' de Menteh Nkwen, en Bamenda (Camerún), conoció de primera mano las necesidades de sus miembros y empezó a vislumbrar un proyecto que les sería de gran ayuda.

Después de su experiencia estival, regresó a Bilbao y dedicó todo el año siguiente a desarrollar su proyecto: "un biodigestor anaerobio de residuos orgánicos" que habría de funcionar más adelante en Bamenda. Para que todo se ajustara perfectamente a la realidad, Jaureguibeitia solicitó a la granja-escuela todos los datos que necesitaba y, finalmente, defendió su trabajo con éxito en la Escuela de Ingenieros de Bilbao, que también la apoyó en su proyecto solidario.

Una vez superada esa dura prueba, quedaba otra de igual o mayor envergadura: poner en práctica en el mundo real lo que hasta entonces no existía más que sobre el papel. Así que, ni corta ni perezosa, la joven se embarcó otra vez en la aventura del continente africano y regresó allí en febrero de 2011 acompañada de Borja López, otro voluntario en Itaka.

Gestión de residuos para obtener compost y biogás
"Teníamos apoyo económico de la Fundación, pero tuvimos que pagarnos el viaje y llevar el material (polietileno, tuberías de PVC...) como equipaje con nosotros, para lo que contamos con la inestimable ayuda de la ONG 'Zerca y Lejos'. Y ni siquiera sabíamos si lo que teníamos en mente iba a tener aceptación en el 'Nazareth Center'".

No obstante, las dudas y temores se disiparon en cuanto la expedición arribó a Menteh: "Nos reunimos con los responsables, Wilfred y Romeo, quienes nos ofrecieron su completa colaboración e incluyeron el proyecto en las clases de la escuela, un centro para adultos 'estilo FP' que enseña técnicas agropecuarias. En unos días, ya estábamos explicando con cuatro tizas en qué consistía lo que queríamos hacer, y poco a poco fuimos construyendo la máquina entre todos".

Esta tarea contó con la implicación de un gran número de los más de 100 alumnos de la granja-escuela, lo que posibilitó que "en poco más de mes y medio" el trabajo estuviera finalizado: "Se trata de un biodigestor anaerobio que mide 9 metros de largo, 1 metro de ancho y 0,7 metros de fondo. Es un sistema que gestiona los residuos orgánicos (sobre todo, estiércol de cerdo, pero también restos de plantaciones) para obtener compost y biogás".

De este modo, "se matan dos pájaros de un tiro, porque el compost es un buen fertilizante y el biogás genera poder calorífico, es decir, es una fuente de calor que puede utilizarse para cocinar o para calentar agua u otras cosas".

Premios de la ONU y la Comisión Europea

Pero la iniciativa va más allá: "Nuestra idea era que, más adelante, las familias de la zona fueran capaces de construir sus propios biodigestores. Con ese propósito, escribí un libro en inglés con explicaciones e indicaciones para que los profesores puedan enseñar a los alumnos cómo hay que hacerlo". El proyecto, por tanto, "ya está incluido en el currículum educativo del Centro Nazareth".

Todos sus esfuerzos y su dedicación le han valido a Paula Jaureguibeitia numerosos premios y reconocimientos: el Premio Accenture al Mejor Proyecto Fin de Carrera (2011), dotado con 1.800 euros; el Premio Europeo Medio Ambiente a la Empresa 2011-2012, sección 'Cooperación al Desarrollo' (competiciones del País Vasco y de España), concedido por la Dirección General de Medio Ambiente de la Comisión Europea; y el Reconocimiento 'Good Practice' de la ONU (2013) por su Proyecto de Buena Práctica Medioambiental.

Pero, más allá de galardones, a la joven ingeniera química le queda la "increíble experiencia" de todo lo vivido: "Ha sido como un sueño. Nunca imaginé que esto iba a llegar hasta aquí, pero lo hemos conseguido gracias a la gran aceptación y la participación activa de profesores, alumnos... Los integramos a ellos y a sus ritmos en el proceso, y todos han tenido gran importancia aportando su granito de arena; sin ellos habría sido imposible".

Más voluntariado, más productividad

Es ese trabajo en equipo y la colaboración desinteresada de "muchas otras personas" lo que hace que "el balance personal y profesional sea enorme y mi relación con Camerún sea muy especial". Ahora, "sigo muy en contacto con la gente de allí, y estoy muy contenta porque hemos logrado lo más difícil: que el proyecto continúe funcionando y la granja-escuela sea cada vez más autosuficiente. Por eso, espero que en el futuro consigan más dinero para poder construir un biodigestor más grande que gestione todos los residuos generados (actualmente, se reciclan en torno al 15 por ciento)".

La vivencia africana le ha servido a Paula para constatar que "con la cooperación siempre ganas. Dedicas tu tiempo y tu esfuerzo, pero aprendes un montón de cosas gratis y conoces a muchísima gente. El modelo de voluntariado, de dar sin esperar nada a cambio, debería estar más extendido. De este modo la sociedad sería mucho más productiva".

La clave reside en "inculcar estos valores a los chavales y las chavalas desde abajo, desde el 'cole'. Tal vez debería haber alguna asignatura que les enseñe a colaborar con los demás, a crear redes y a ser emprendedores. Así comprenderían que a corto plazo no recibes tanto, pero a largo plazo vienen los frutos y las satisfacciones. El voluntariado es una semilla que tarda en germinar, pero merece la pena".


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