Programas de acogida

Chernobileko Umeak busca familias para acoger a 22 menores el próximo verano
09 de Diciembre de 2015
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Chernóbil-Bilbao-Chernóbil
Llegada de un grupo de niños procedentes de Chernóbil para pasar el verano en Euskadi.
Las ecos de la radiación siguen presentes 30 años después del accidente de la central nuclear ucraniana a través de las vidas de los menores que han crecido en la zona afectada. Veintidós de ellos esperan que una familia vasca les acoja durante el verano y puedan respirar por dos meses aire limpio, comer comida sana y disfrutar como lo que son, niños
A. CARRILLO | 90 kilómetros separan la casa de María de los restos de los reactores destruidos durante una explosión en la central nuclear de Chernóbil en abril de 1986. Y 2.859 son los kilómetros que recorre María cada verano para encontrarse con una familia de acogida en Bilbao que durante los últimos cuatro años ha abierto la puerta de su casa para alejarla por unos meses del aire y los alimentos contaminados, de la pobreza, de la falta de oportunidades, de la exclusión, de la violencia doméstica, de sus vidas atravesadas por el alcoholismo de muchos padres.

Como María, decenas de niños de Irpen e Ivankiv dos ciudades ubicadas cerca del cadáver de la central nuclear, salen cada año de las zonas afectadas por la radiación gracias a asociaciones como Chernobileko Umeak, que desde 2009 dedica sus esfuerzos a traer grupos de niños para pasar el verano y las navidades con familias vascas.

Familias con y sin hijos, monoparentales, parejas jóvenes y mayores, solteros. El perfil de los acogedores es muy variado, pero todos deben tener algo en común, disponer de tiempo para ocuparse del niño o niña durante su estancia. "También es importante señalar que los acogedores hacen una aportación para costear algunos de los trámites necesarios para que el pequeño pueda viajar al País Vasco de unos 350 euros", aclara Enrique Angulo, voluntario de Chernobileko Umeak. La asociación asume buena parte del viaje de los niños y niñas, como el pasaje aéreo o los seguros médicos. También se hace cargo del desplazamiento de monitores ucranianos que se encargan de resolver dudas, ayudar a las familias de acogida y atender a los menores cuando lo necesiten.

"Los monitores participan además en las actividades colectivas... Este año, por ejemplo, hemos ido a un picadero de caballos, a un paseo por el valle de Atxondo y hemos tenido una comida popular en Zierbena. Una serie de actividades que sirven para que los niños ucranianos estén en contacto con otros de su país y para solventar las dificultades o la frustración por no saber comunicar ciertas cosas cotidianas", continúa Angulo.

Los voluntarios de la asociación en Bilbao, y sus contrapartes en Ucrania se encargan de seleccionar a los niños y niñas que viajan, y de buscar el mejor encaje dentro de las familias de acogida. En Irpen e Ivankiv las familias de los niños que se apuntan al programa tienen que cumplir con unos requisitos mínimos. Carecer de recursos para sacar a los niños fuera del entorno contaminado, contar con el carné de Chernóbil y el deseo de viajar.

Las mochilas de María
María viene en dos etapas desde Ucrania. Primero viaja su cuerpo hasta Loiu, y un par de días después, su mente. Y no es que se desdoble ni nada parecido. "Es solo que hasta que no escucho sus primeras risas y sus carreras por el pasillo persiguiendo a la perra, parece que no ha llegado del todo, como si una parte de ella continuara en su país", sentencia Angulo. Luego su carácter serio y gris, como el de todos los niños que vienen, se llena de alegría y color y la María ucraniana se convierte en la María vasca, cálida y amistosa.

Los daños colaterales del accidente de la central y del aparatoso desmantelamiento de la URSS, empujaron al desplazamiento a miles de familias, arrastradas hacia el alcoholismo, el machismo y la intolerancia. Pero aquí tienen los "beneficios colaterales del acogimiento y vencen sus resistencias culturales", continúa. Y llega el momento en que María deshace la mochila y se vacía poco poco esa que tanto pesa, la de la cabeza. "Con el tiempo los niños son capaces de hablar con confianza y de soltar esa mochila que les lastra. El acogimiento termina siendo una terapia, la autoestima les crece y aprenden a demostrar la afectividad. Aquí nos tocamos, nos abrazamos, nos besamos. Allí no y ese es otro aprendizaje".
 
Un viaje que cambia vidas
"En la foto de una clase cualquiera puede saber qué niños han salido de Ucrania simplemente por el brillo de sus ojos. Tienen una mirada diferente, crecen, mejoran sus expectativas de futuro", indica el voluntario. Y esas pequeñas vidas que parecen rotas se cosen para que puedan ser los adultos de Chernóbil, los padres y madres que podrán ofrecer algo distinto a sus hijos porque sus ojos han visto otras cosas, han vibrado con otras frecuencias y han estado en casas en donde han aprendido valores de igualdad, tolerancia y respeto.

Por eso en Chernbileko Umeak confían en que esos niños que han quedado fuera del programa de este año y que tampoco podrán venir a pasar navidades a Euskadi, sean acogidos el próximo año por otras familias que apuesten por su futuro, por ayudar a cambiar sus vidas.

Se necesitan 22 familias que pueden llamar al 606 533 827 / chernobilekoumeak@gmail.com
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