Crisis de refugiados

Iker Tapia y otros cinco voluntarios vasco-navarros de Salvamento Marítimo Humanitario acaban de regresar de la isla de Chíos, después de pasar 3 semanas ayudando a llegar a puerto a los refugiados que cruzan en bote desde Turquía
04 de Febrero de 2016
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Iker Tapia, voluntario en Grecia: "Hemos logrado que en 20 días no muera nadie en Chíos, pero ¿qué pasaría si no estuviéramos allí?"
Iker Tapia junto a unos niños a los que acaban de socorrer durante su estancia en Chíos.

L. FERNÁNDEZ | El pasado domingo 31 de enero, Iker Tapia y el resto de miembros de Salvamento Marítimo Humanitario que formaban junto a él un grupo de voluntarios en Chios, Grecia, regresaba a casa para dejar paso a una nueva partida de personas dispuestas a dedicar tiempo y esfuerzo a ayudar a los demás. Han sido 3 semanas en las que han conseguido llevar a puerto a unas 350 personas diarias, aproximadamente el 10% del total de refugiados que llega a Europa cada día, y tras las cuales pueden enorgullecerse de que en este tiempo nadie ha perdido la vida en su zona de actuación.

Este santurtziarra, que trabaja de bombero en Vitoria desde hace varios años, llegó a Grecia el pasado 9 de enero junto a otros 4 vascos y una médico navarra, "Isabel, que ha sido gloria bendita", dispuesto a ayudar en lo que pudiera. "Desde que vi la famosa foto de Aylan, que removió tripas y conciencias, me empecé a preguntar cómo podía estar pasando aquello y me puse a investigar. Contacté con Salvamento Marítimo Humanitario y me uní a ellos", recuerda Iker. "En SMH todos somos voluntarios, nadie cobra, pero uno de los requisitos que piden es que seamos profesionales, ya que la ayuda que se presta es en el agua y tenemos que dar un buen servicio", reconoce.

Y es que es lo que sucede en el agua lo que marca qué pasará después en tierra. "Nosotros lo que hacemos es guiarles a una zona segura de la costa, ya que no es lo mismo desembarcar en el puerto que en zona de roca donde el bote se puede pinchar o tienen que hacer los últimos metros por el agua, que está a varios grados bajo cero; o en acantilados y tener que recorrer con 70 u 80 personas varios kilómetros desde allí a una carretera, de noche, sin un camino evidente, lo que provoca torceduras de tobillo, caídas y brechas. El peligro no acaba en el agua, hay un montón de condiciones que te pueden afectar", detalla.

Una vez en puerto diferentes ONGs se encargan de atender a los refugiados que van llegando. "Estarán allí 6 u 8 asociaciones, de noruegos, ingleses, suizos, alemanes, sobre todo del Norte de Europa. Unos se encargan de darles ropa seca, otros té caliente... Y los volutnarios griegos que nos facilitaban material como sillas de ruedas o medicamentos. El único grupo a nivel estatal éramos nosotros y el resto nos tenía en especial consideración porque éramos los que hacíamos el trabajo en el agua y ellos eso no lo podían hacer, pero una vez en tierra también ayudábamos en lo que podíamos".

Momentos agridulces

En estas tres semanas intensas, Iker y sus compañeros han vivido momentos "agridulces" pero han procurado que la rabia y la desesperación no les impidiera desempeñar su labor. "Creo que se lleva porque el ritmo de trabajo es tan intenso que no te da tiempo a pararte a pensar. Cada día llegaban 7 u 8 embarcaciones, lo que eran unas 350 personas. Cuando llegaba un bote y ya habías terminado con tu trabajo porque estaban subidos al autobús que les lleva al campo de registro, llamaban de que habían avistado un bote nuevo y volvías a empezar. Hemos tenido jornadas de trabajo de 30 horas, y hemos dormido una media de 4 o 5 horas repartidas en dos veces. Los primeros días alucinas, pero luego tu mente y tu cuerpo se inmuniza de alguna manera. No es que lo normalices, pero piensas 'Vale, esto es lo que voy a vivir los próximos 20 días' y o reaccionas y te pones a trabajar o mejor te vuelves a casa porque vas a ser un problema para el resto del equipo", narra. Y comenta con cierta tristeza, "nosotros no podemos pararnos a atender a un niño que llora, que lo hacíamos, porque mientras ese llora, otro está tiritando de frío, así que si el primero está seco, antes cambias de ropa al segundo. Si luego tienes la suerte de poder interactuar con ellos, como hemos podido hacer algún día soleado con todas las condiciones a favor, esa era nuestra pequeña recompensa. Estar un rato con ellos, llevarles algún caramelo y verles una sonrisa, porque los niños son niños y una vez que se sienten un poco bien les sale la inocencia y buscan el juego. Esa era nuestra pequeña gratificación, aunque casi no daba tiempo".

Inmovilismo y problemas burocráticos

Una vez de vuelta en casa toda la adrenalina y la tensión acumulada se expanden y dejan paso al cansancio, pero con la tranquilidad de saber que gracias a ellos durante 20 días todo el que ha intentado llegar a Chíos en bote ha llegado. "Nos hemos encontrado embarcaciones que si no hubiéramos ido a su encuentro estaban a la deriva en alta mar", confirma. "La distancia entre Turquía y Grecia es muy corta, 6 kilómetros, y si todo va bien es media hora de trayecto, pero si el motor se estropea, los vientos te arrastran y acabas en alta mar, y hemos recuperado botes allí. Y no puedes evitar preguntarte qué hubiera pasado si no hubiéramos estado. Porque las instituciones no hacen nada. Los tienen perfectamente controlados, pero no nos avisan de que hay un bote a la deriva ni ellos les remolcan", lamenta.

Es precisamente esta actitud de las autoridades lo que más enfurece tanto a Iker como a otros voluntarios. "He visto cómo las autoridades aparecen cuando llega un barco, porque presencia tienen pero no actúan, y se ponen a sacar fotos con sus teléfonos móviles. Yo no sé cuales son sus órdenes pero el lado humano que han demostrado es con lo que más pena me voy de allí. Ver que tienen medios, que tienen visión nocturna, que para nosotros es la vida y estamos intentando comprarlo porque ayudaríamos a más gente, y ellos lo tienen y no nos avisan", rechaza.

También los problemas burocráticos que se plantean a quienes van a ayudar allí, acaban con la paciencia de este santurtziarra. "Ha costado muchísimo que nos dejaran ayudar en el agua. Para poder salir con nuestro barco hemos tenido que pasar muchos temas legales y muchas plegarias. Todo lo que hagas allí está bien, pero para ellos hay una línea muy fina y parece que están pendientes de que la pases y te buscan las cosquillas. Ya sea a la hora de no pasar la frontera marítima, de remolcarles sin pedir permiso a las autoridades de guardacostas, de pasarte a un bote de ellos... tienes que tener mucho cuidado para que no te acusen de esas cosas que resultan surrealistas, ¡tráfico de personas! cuando estás allí para ayudar". Y pone un ejemplo muy claro "He visto una viñeta en Internet que me llamó la atención porque era muy visual de lo que ocurre. Era un patrullera guardacostas, un bote de gente ayudando y un bote de refugiados. Los de la patrullera decían 'los papeles' y los del bote de ayuda respondían 'pero si son refugiados', y contestaban 'no, no, los vuestros'".

En el tiempo que llevan ayudando han logrado por lo menos no tener que pedir permiso para salir a remolcar un bote, sólo deben avisar a los guardacostas de que van a salir y darles las coordenadas, lo que resulta básico para la seguridad de los refugiados en el agua porque favorece una mayor rapidez en la actuación.

Más barato con mal tiempo

También la problemática de las mafias consigue enfadar a este voluntario. "Hemos visto cómo durante dos o tres días seguidos de buena mar no pasaba ninguna embarcación y es porque los campos de refugiados están llenos y hay tráfico de información entre Grecia y Turquía para no dejar pasar a nadie más ya que los ánimos están caldeados. Cuando hay sitio para recibirles vuelven a pasar. Y les da igual el tiempo que haga. De hecho, si el tiempo es peor el precio del viaje es más barato. Si normalmente cuesta 1.000 euros, cuando hay tormenta cuesta 400. Imagínate lo que tienen que estar viviendo para decir yo me subo, y familias enteras... Te encuentras con gente que es como tú y como yo, ingenieros, arquitectos, médicos...", recalca.

Sin embargo, la rabia cede ante el recuerdo de los habitantes de ese pequeño pueblo griego. "La gente que vive allí es impresionante. Es una zona costera y hay veces que llega un barco a la misma puerta de las casas. Hay una señora de 84 años que les abre la puerta de su casa, pero les abre la puerta y si tiene dos naranjas y un plátano las reparte. Hablo de esa señora, pero los demás parecido, nadie del pueblo mira para otro lado, todos ayudan de alguna manera. Viene un vecino y te dice 'yo tengo un campo de naranjos id y llevároslas para dárselas a la gente'", rememora.

"Luego hay cosas que al principio te llaman la atención, pero luego lo entiendes porque ellos viven allí y tienen que llevarlo de alguna manera. Por ejemplo, el que les lleva en el autobús les cobra 3 euros por llevarles y a mí me parecía una salvajada, pero claro, es que ellos llevan así un año y no saben lo que va a durar. Un día pueden poner el autobús gratis, pero todos los días no. Y Grecia está como está, Chios es un pueblo muy pequeñoy muy pobre y es la forma que han encontrado para poder ayudar, pero a la vez poder vivir", reconoce Iker.

Un millón esperando en Turquía

Y ante la pregunta de cómo ve el futuro para estas personas, sólo hace falta dar una cifra. "Cuando yo me fui había un millón de personas en Turquía para poder pasar, pero eso esperando. Viene gente de Irak, de Afganistán, no son sólo sirios. Hay gente que ha salido de sus casas hace dos años. Nosotros llevamos a una mujer afgana al hospital a la que tuvieron que cortar todos los dedos de los pies porque se le habían congelado cruzando las montañas andando, nevando, con frío, y para cuando recibió asistencia ya no tenía remedio".

En definitiva, Iker tiene claro con qué se queda de este viaje. "Me quedo con la gente que ayuda, con toda la que te encuentras allí y que igual que nosotros no dormía, siempre estaba dispuesta. Me quedo con la sociedad que todavía tiene ese corazón que piensa me da igual que quien tiene que hacer algo no lo haga yo tengo que hacer lo que mi sentido común me dice. Hay quien va 4 días porque no tiene más y quien lleva medio año. Ha dejado sus estudios o su trabajo y está allí de continuo", alaba. Y ante la pregunta obligada no titubea "¿Volverías?". "Sí, volveré seguro".

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